martes, 25 de septiembre de 2018

Tren al sur



“No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. Esta debería ser la frase para resumir la historia ferrocarrilera en el Perú.
Los ferrocarriles son las venas y arterias de un país,  y en este ‘’polvos azules’’ político  nadie se ha detenido siquiera para meditarlo. Dos veces el Perú perdió la soberanía sobre sus ferrocarriles: la primera fue cuando los británicos se quedaron con ellos después del contrato Grace y la derrota de la guerra de 1879; la segunda, ocurrió  como parte de las privatizaciones que se dieron durante la  dictadura de Alberto Fujimori, y claro, otra vez el Perú en escombros, pero, ya no  por una guerra exterior sino por algo más calculado, un conflicto interno.
Los gobernantes desde Lima (y volvemos al meollo del asunto) nunca dieron  la importancia debida a este medio de transporte.  Dominados por los prejuicios de esa capital. Es esa inquina virreinal que se le tiene a los Andes.  Ya que esos rieles, como conducían a la sierra, eso significaba para ellos que esos trenes no iban a ninguna parte. Por eso para Lima los ferrocarriles siempre fueron una carga, si no los remataba por una derrota lo hacía privatizándolos  con la  excusa de que eran obsoletos, olvidándose así de su valor estratégico.
Sería el año de1997 y un alma caritativa me compró los boletos, partimos esa misma noche. 
Una experiencia imborrable. Sentado ahí observando a los viajantes desde esa enorme ventana. Las luces de la estación eran  como en las películas.
Una pequeña placa que alcanzaba a ver desde mi asiento decía que ese vagón  había sido construido en la Republica de Rumania, seguro fue cuando este país  de Europa oriental aun poseía esa importante  industria ferrocarrilera, ya que después, con la caída del muro de Berlín  y  las consiguientes  privatizaciones de la década de los noventa solo han quedado recuerdos y lamentos.
De pronto el  golpe del acople nos avisaba que el tren estaba a punto de arrancar, luego vino otro menos intenso y ya estábamos en marcha  y listos para el inicio  de esa imborrable travesía.
Ese vaivén rítmico y el sonido del hierro golpeando, era el tren en movimiento, en su lenguaje  nos decía  que aún estaba vivo manteniendo en pie el orgullo y la fortaleza de aquellos países  ferrocarrileros.
En la zona de Imata se detuvo unos minutos, los aproveché al máximo. Desde la ventana con las luces de ese viejo poste de madera se podía observar que estaba comenzando a  nevar.  Esto, no me la pierdo dije. Y me dirigí a la puerta de salida.
Ya afuera del coche, el piso era una especie de rejillas muy juntas, al costado estaba el enganche con el otro vagón y la nieve continuaba cayendo pero ahora con mayor intensidad.
Yo, sobre un tren y alejado de ese calcinante sol tropical, holgazán  y subdesarrollado,  disfrutando del frio, la nieve y ese tren de pasajeros.
No cabe duda que viajar en ese tipo de transporte fue un privilegio. Fue una lástima que cuando Fujimori privatizó ENAFER-PERU,  lo primero que hicieron los nuevos dueños fue quitar ese servicio de pasajeros.
La privatización aquí como en Rumania no ha traído mejoras en cuestión de ferrocarriles, a más de veinte años de esa tragedia, solo se nota un ferrocarril del sur abandonado, estancando  en el tiempo con  sus viejas locomotoras diésel hoy pintadas con ese enlutado azul que muestra el nefasto manejo que hace el oligarca Lorenzo Sousa Debarbieri  y  su PERU-RAIL con  nuestros ferrocarriles.    
Hace algunos meses leí que el servicio de pasajeros se iba a reponer, pero, este sería solo un servicio  lujoso y exclusivo para aquellos  potentados turistas.
Es que ahora está privilegiada y segura forma de viajar en estos tiempos de inequidad, egoísmo mercantil y gobiernos que abandonan  a su población, ese pueblo no merece disfrutar de este cómodo y seguro viaje. Para estos gobernantes limeños les importa un píloro  los cientos de muertes que lleva  ya en su haber esa carretera Arequipa-Juliaca, dicho sea de paso, una de las más peligrosas del mundo.

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