jueves, 23 de febrero de 2017

La piscina del padre Emilio

Hace algunos años, estuve en una misa  en la Iglesia del Señor de los Milagros en el  populoso distrito de Mariano Melgar de la ciudad de Arequipa. Fue una experiencia muy ilustradora porque aquel día descubrí cómo se genera lo que  quizás sea una de las mayores injusticias que padecen muchos peruanos.
El oscuro recinto de pronto se iluminó gracias a unos calcinantes rayos de sol que se filtraban por los vitrales apretujados entre esos pálidos muros  decorados con efigies de santos y apóstoles. Esa tarde, la liturgia con sus pocos creyentes  se desenvolvía interminable y soporífera creando  un frio y lúgubre silencio que solo se pudo romper cuando  la oportuna inocente y vital risa de un niño oxigenó el ambiente. No fueron muy escandalosos sus carcajeos pero eso sí fueron suficiente como para despertar una  insólita ira en el cura que con sus ojos llenos de furia desde el pulpito y sin el menor reparo comenzó a gritar como un Herodes descontrolado: ¡Callen a ese niño! ¡Callen a ese niño!  Seguro que sus padres lograron silenciar al inocente pequeño porque durante el tiempo que restó de la misa no se escuchó nada más de él.  Apenas se oyó desde el altar las palabras “Podéis ir en paz”  abandoné raudo el lugar y  mientras lo hacía,  no podía dejar de preguntarme que habría detrás de la exagerada reacción que tuvo el Padre Emilio (ese era su nombre) con ese niño.
La historia sobre aquel personaje no iba a finalizar esa tarde porque mi olfato me auguraba que pronto iba a saber más de él. Y así fue. Parece que aquel cura por su trabajo era apreciado en esa jurisdicción. Las noticias hablaban que  había realizado importantes obras para su iglesia llegando inclusive a inaugurar un colegio y hasta una pequeña estación de televisión. Un año después  y  teniendo cerca a  una señora asidua concurrente de esa parroquia, le pregunté qué había sido del conocido padre Emilio. Me sorprendió su respuesta. Según las palabras de esa pobladora, el presbítero de un momento a otro había desaparecido sin dejar rastro. A pesar de haber sido un personaje muy popular y apreciado  se había marchado  del distrito de Mariano Melgar sin siquiera despedirse de sus vecinos. (Como sacándole con cuchara cada palabra) Me confesó que el motivo de su desaparición se debía  a que los padres de uno de  sus acólitos lo habían denunciado de abuso hacia su menor hijo, dicha noticia no había trascendido en los medios locales, pero lo cierto era que nunca más se supo de aquel cura que coincidentemente unos años atrás se había mostrado tan violento con ese niño en esa misa.
De aquel presbítero no supimos nada más, hasta que nos enteramos que  un alcalde de esta ciudad  aficionado a destruir áreas verdes y sembrar  cemento  no tuvo mejor idea que inaugurar con su nombre  a una  piscina pública de su distrito. 

viernes, 17 de febrero de 2017

El caso Odebrecht y los tufos golpistas

Después de esta especie de cacería  internacional que se ha montado  en torno al ex presidente Alejandro Toledo, parece que  si la intensión era dañarlo el cálculo les ha salido muy mal,  porque ahora se lo ve como víctima  de una persecución política y cuando era casi un cadáver político todo este mediático protagonismo lo han regresado de las cenizas resucitando sus aspiraciones políticas. Pero,  al margen de todo esto, lo que sí han logrado es dañar seriamente a nuestra neonata democracia  que con tremendo porrazo la han dejado desgreñada y con signos vitales de un paciente  terminal. Apenas  ingresó  a la Unidad de Cuidados Intensivos  aprovecharon la ocasión para hacerse presente con guadaña en mano los que siempre les ha causado sarpullido el solo hecho de mencionar su nombre. Son como setas venenosas que asoman en medio de un aniego de alcantarilla.
Es que algo  huele mal  en todo este tinglado de Odebrecht  porque  ha traído como consecuencia (y esto era impensable hasta hace unos días) que esté circulando  por las redes sociales el pedido de un golpe de estado que supuestamente “ponga orden”  a este periodo democrático  que manifiestamente  mistifican  generalizándolo como un  “periodo de corrupción”. Y para completar la escena aparecen  Marta Chávez, Laura Bozzo y Beto Ortiz diciéndonos: “se los dije”.
No es necesario tener un oráculo cholo  para predecir que esta democracia  está en conteo final porque sigue tan frágil como cuando se inició con el nuevo milenio. Y esto  en nuestra historia  es una especie de paramnesia.
Cuesta entender la importancia de vivir en democracia, con sus altas y sus bajas, que a  pesar de sus defectos, este periodo democrático  sigue siendo el menos nocivo  que hemos vivido los peruanos en  nuestra  historia republicana.  
Quisiera ser un ferviente creyente y arrodillarme ante un santito como lo hace la abuelita Panchita y pedirle  al cielo que  aquellos poderosos grupos que le guardan mala leche a estos periodos democráticos nos den un poquito más de tiempo para que esos  problemas que padece la comarca por lo menos se intente superar pero dentro de este Estado de derecho; justamente,  ese tiempo nunca lo hemos tenido porque estos breves momentos de libertades siempre han terminado  abruptamente con un golpe de estado.
Es que lo tenemos claro, un golpe de estado reflejaría  tercermundismo y subdesarrollo, sería un retroceso que en nuestra historia republicana nunca ha traído  la solución para nuestros principales problemas;  todo lo contrario,  solamente han servido para empeorarlos condenándonos a que el Perú sea siempre eso, una  aventura fracasada. 

jueves, 9 de febrero de 2017

Alejandro Toledo y la moral racista

El fujimorismo a infestado como el cáncer las principales instituciones de la república, por lo tanto, todo lo que cavilen  será para minar lo mucho que nos había costado a los peruanos,  como el regreso de la democracia,  y  qué mejor forma de agujerear este neonato periodo que llevando precipitadamente  a la celda  a uno de sus gobernantes.
Era evidente y era de esperarse,  un recio cholo que se atrevió a gobernar  este país de “cholos  avergonzados”  (y esto me cuesta aceptarlo) no podía salir librado así tan fácilmente. Esas élites nunca le tuvieron respeto (y él tampoco hizo mucho para ganárselo).  Todavía  recuerdo la silbatina que recibió cuando  el Caso Zaraí  aún estaba fresco, tuvo la mala suerte de caer en una playa de un  club de uniformados ¿dónde todavía? De nada sirvió su investidura de Presidente de la República  porque para  todos esos socios  que estaban  tomando sol esa mañana  este atrevido merecía  saber que para ellos solo era un cholo que no se diferenciaba del cabizbajo  portero  que al ingresar  les había saludado. Fue abucheado,  burlado e insultado, la excusa: Zaraí. 
Ese mismo comportamiento también lo tuvieron casi todos los peruanos durante todo su mandato, fue negado millones de veces, solo por su rostro. Hicieron  mofa de cada una de sus frases  que utilizó  en campaña y los que de vez en cuando su compañera belga vociferaba.  Jamás fue tolerado, solo tenía que aparecer  el escandalo  preciso  para denigrarlo lo suficiente y así de sus cuatro extremidades mutilarlo políticamente manchando su biografía  exigiendo su detención.  Suficiente para  que quede en la memoria  de esa elite criolla que a ese temerario de fuertes rasgos indígenas que llegó a ser su mandatario ahora lo tienen como siempre lo quisieron ver como el cholo ordinario y  ratero.
El huayco andino es incontenible. Han sido quinientos coercitivos años y por la salud del Perú, el ciclo está  por renovarse. Sabedores de esto, estas  élites racistas y rencorosas  en estos  últimos años con el fin de calmar en el pueblo ese mesianismo  andino,  les ofrecieron  a toda esa muchedumbre agitada un  par de “mesías”  que iban a tener sus mismos rostros (Toledo y Humala) Y los electores por un momento se entusiasmaron  porque  al cabo de cuatro años les convencieron  que una persona de su color y estrato  nunca estará  en condiciones de gobernar. Al final el mensaje era que desistan en buscar un gobernante cholo como ellos,  así que tendrán que conformarse como siempre ha sido, con uno como la minoría que los gobierna siempre, lo más pálido posible.
Como en las películas gringas el primero que muere siempre ha sido y será  el protagonista negro,   aquí también, después que apareció el escándalo de los sobornos de Odebrecht ,  de todos los ex presidentes  el más cholo siempre será la primera víctima, cuando todos sabemos que hubieron peores.  
Toledo perdió el respeto por el mismo cuando llevó su herencia milenaria como siente un turista gringo al ver un suvenir  andino,  y se entregó aquiescente  a toda esa parafernalia  occidental. Nunca fue visto como un ser digno de respeto, porque nunca tuvo identidad étnica, solo se limitó a ser un simple cholo aculturizado. Distinto hubiera sido si se hubiera asumido quechua, pero eso le hubiera hecho  temblar las piernas y sudar frio, mejor un vaso de whiskie  y hablar inglés para mitigar ese encojo.
Para sus mentores en Stanford  siempre fue visto como los dirigentes del Barza vieron al pequeño Messi  en esa villa polvorienta bonaerense,  como un simple “conejillo de indias”  sin arraigo ni identidad y en el que se podía experimentar.
Grandes enseñanzas que nos dejan estos tiempos, el derecho a poseer una identidad étnica base de la autoestima de una persona, en este momento, es privilegio que pocos nos podemos dar en este país, mientras tanto el sentirse marginal de por vida siempre será una de la causantes para caer en el pillaje y la corrupción.