lunes, 12 de junio de 2017

Verdes mis algarrobos

A diferencia de lo que uno creería,  cuanto más conozco a este país más lo quiero. No existe  en  el mundo algo parecido, con las disculpas del caso.
Lo mejor que tiene este país es su pueblo. Fecundo, alegre y posee sobre todo  una resistente esperanza. Parece una locura pero es cierto. Poseer esperanzas  entre tanto escombro es casi una locura.
A pesar del genocidio de los años ochenta y  las esterilizaciones del régimen fascista de Fujimori, en esta sana gente el  índice de natalidad no baja como  en las poblaciones occidentales  y hasta en sus apócrifas  Argentina o Chile.
Es que somos un pueblo  milenario.  Aquí el clásico argumento no surte efecto porque los años nos ayudan  para acrecentar nuestra sabiduría  y  Caral  nos da la razón. Sabemos cómo prosperar desde nuestra propia visión.
A pesar de los numerosos tiranos cleptómanos,  ahí vamos, ligados  a esta tierra. Una  memoria intrauterina  nos dice que en estos miles de años hemos pasado por peores momentos y viles gobernantes. Hay que agradecer a esa providencia que seguimos  aquí  y con nuestra gente por eso no le  tenemos resentimiento a nadie  ni siquiera  a  esos bribones que intentan vendernos cicuta  enlatada con finos rótulos.
El otro día unos municipales  arremetieron  contra  un inmigrante venezolano  y  por el forcejeo  sus  arepas terminaron regadas  por el suelo. No era Londres ni Nueva York,  en esta ciudad de recientes migrantes sus vecinos  salieron en defensa del perseguido de Maduro.
Es que así es nuestro pueblo, posee una nobleza  y clase que ya quisieran tener sus élites, mediocres por demás y  únicas culpables de que algunas veces estemos  a la deriva.  El mando del barco anda algo mal desde hace buen tiempo  y no ha mejorado ni cuando desembarcaron  los hispanos ni  cuando unos montaraces terratenientes se vieron obligados a crear todo esto,  apresurados e improvisados,  como cuando esa mañana le pasaron la nota a Rosa Merino.
Pero, queda la esperanza y, este pueblo nunca la ha perdido  ni con la decepción de  Billinghurst, Leguía o  Fujimori.
A pesar que  algunos  gobernantes intentan hacer del engaño al pueblo el  lema nacional, la esperanza de ese pueblo aún sigue intacta y se nota principalmente cuando lo canta en su huaynos o valses como aquella famosa letra:
“Verdes mis algarrobos verdes. Verdes como la fe de la esperanza. Una cabaña, un candil,  un perro lobo y  una cholita que adoro con delirio”.
Suficiente. Para qué más.
Vivimos en este  territorio  por generaciones y  hemos visto  tanto  cacique  torpe que sencillamente, nos tiene sin cuidado, porque sabemos que nuestra verdadera felicidad  nunca  dependerá  de su mala leche. Y como bien lo dice esa canción, tenemos todo.  Es que el Perú y los  peruanos somos más grandes que nuestros problemas y no es tedioso decirlo.

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