sábado, 14 de enero de 2017

El cristo de Odebrecht


A través de la historia muchos gobernantes han querido perennizar lo mejor o peor de sus épocas construyendo colosales monumentos que representen de alguna forma sus ideales, sus valores y también, porque no, sus vicios y decadencias.
Este, ya es un tema trillado, pero tenemos que escribirlo, porque lo amerita  los sucesos acaecidos.  A pesar que observamos todas estas iniciativas para  combatir ese flagelo llamado corrupción, es triste decirlo, que cuando este pus es heredado por generaciones, resulta difícil de extirpar;  principalmente para los que  tienen  el poder de decisión en sus manos y que  no entienden  la palabra suficiente, para qué  cargar con todo dejando depredada la institución junto al país entero.
Es que para nadie es un secreto que el  cochambre  se  ha vuelto  una pandemia que ha infestado todos los rincones. Y los que más se benefician hasta poseen sus propios ritos para excomulgarse de toda culpa, porque al final tod¿o se perdona con total impunidad. Así tienen licencia para corromper y ser corrompidos  desde ese anónimo pendejito hasta el pez gordo de saco y corbata que orondo vocifera que la plata llega sola deslizándose sin problemas ante semejante aceitada, para luego, de rodillas, ante un crucifijo,  jurar  por esa misma plata,  quedando así  todo oleado, sacramentado y, claro, perdonado.
No habremos heredado  la disciplina japonesa ni la puntualidad británica, pero,  eso sí,  con perseverancia  en esta comarca  la corrupción se ha mantenido desde aquellos truculentos manejos de los virreyes, los empréstitos y consignatarios decimonónicos, hasta Leguía, García y Fujimori.  Desde mi anatema  lo dribleo como Maradona pero algunas veces (muchas diría yo) termino perdiendo por goleada. Y no es que me haga el santo, pero sé que es la principal traba para el desarrollo de nuestro país y de cualquier otro.  
Brasil, como el resto de América latina es una continua decepción. Cuando parecía que de Sudamérica iba a surgir al fin una potencia de alcance global que haga por lo manos respetar en algo al hemisferio, esos cándidos sueños se diluyeron como se hunde hoy Odebrecht  su mayor baluarte  y  más grande trasnacional,  desprestigiada desde su propio suelo con  lo que es tan común en este trópico, denunciado por corrupción, cuyo escándalo ha logrado saltar el infierno verde para salpicar  también a nuestro país.
Casi finalizando su gobierno el ex presidente Alan García como emulando a los grandes  gobernantes de la historia (y esto es puro sarcasmo)  no tuvo mejor forma de despedir su ultra conservador régimen inaugurando una enorme estatua. Ese colosal  monumento, no era como el de Nueva York  representando la libertad iluminando al mundo con la razón y la democracia;  ni tampoco sería esa Madre Patria  de Volgogrado que  recuerda  la sacrificada  victoria rusa  sobre el nazismo y el genocidio judío. No. Aquí ese tipo de inspiraciones son impensables;  porque aquí tenemos que conformarnos con musas deslucidas y rudimentarias,  a lo mucho que podemos aspirar es a una figura religiosa, y bautizada por el propio García con el nombre del Cristo del Pacífico y,  por propias palabras del mismo  Alan García, hecha gracias  a donaciones suyas y de unos generosos inversionistas brasileños.
Quien diría que Alan García al querer congraciarse  con ese elector religioso dejó el monumento exacto  que representa  las derrotas, la  ignorancia, los  tiempos perdidos, los  fracasos, y sobre todo,  a su principal causante,  la madre de todos los vicios y de nuestro atraso, la corrupción.


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