lunes, 22 de agosto de 2016

Olimpiadas y el chalán fracasado

Esas malas noticias que llegaban de Brasil, desde protestas parecidas a  aquellas primaveras árabes hasta una mortal epidemia causada por un peligroso mosquito tropical,  una tras otra se veían más que una completa información como una sutil campaña de desprestigio que no llegaron a opacar  a una de las Olimpiadas más alegres y coloridas realizadas en la historia de este tipo de certámenes, porque así fue Río 2016,  los primeros Juegos Olímpicos organizados en tierras  sudamericanas.
Desde la época de la Guerra fría no veíamos, previo a la inauguración, tan encarnizado enfrentamiento entre las grandes potencias como ese  “boicot” a un buen número de  atletas rusos cuya ausencia  supieron cosechar en el medallero final EE.UU.,  Gran Bretaña y China.
Los Juegos Olímpicos a través de su historia siempre han sido la mejor vitrina para que los distintos gobiernos y países expongan al mundo  el nivel de desarrollo alcanzado,  no es solo la participación aislada de un atleta o un grupo de atletas sino que ellos representan a sus sociedades que junto a ellos se están jugando su prestigio, esto no  ha cambiado mucho desde los primeros Juegos Olímpicos de la Grecia clásica, los triunfos y derrotas reflejan el valor,  la moral,  la felicidad  y el grado de civilización al que han llegado o también pueden dejar en los espectadores con sus mediocres  participaciones  su podredumbre convivencia con la barbarie y los vergonzosos  hábitos de  hordas desvinculas y  sin amor propio.
En la ceremonia de inauguración de Río 2016 vimos, como todos, desfilar al Equipo Olímpico Nacional y nos llamó la atención que llevaran el atuendo de chalán, no vamos a negar que  nos pareció una decisión poco acertada,  elegir una vestimenta  que nos regresa a un pasado desigual e insensible y poco representativo para una población tan diversa como la nuestra, pero bueno, como nunca falta, alguien seguramente impuso esa vestimenta.
Es que después de ver en retrospectiva yo hubiera elegido otro traje porque el de chalán simboliza inequidad y anacronismos, en fin, derrotas y relajos que los peruanos hemos visto durante todos estos años de atmosfera criolla. No era una simple indumentaria, era el reflejo de un menguado espíritu que nunca iba dar energía y fortaleza a ese grupo de deportistas.
Fue un fracaso anunciado, ni una sola medalla ganada, fiel reflejo de lo que se ve en nuestras calles con la pobreza de valores, no hay arte no hay ciencia, solo ágrafos miserables que nos les interesa estas virtudes tan inherentes al ser humano.
Más se gasta  en un caballo de paso que en un atleta peruano de gimnasia, en templos  que en piscinas olímpicas y pistas de atletismo,  en festividades gastronómicas que en campeonatos de atletismo. El deporte se reduce como hace un siglo a solo observar un deprimente clásico de futbol entre Alianza Lima y Universitario con sus barras bravas hasta las orejas de pasta básica y alcohol.
Ese  atuendo de Chalan, refleja ese Perú del siglo XX que queremos olvidar, una Lima frívola e inculta alejada de un país pobre y hambriento,  hipocresía ante la inequidad, espíritu derrotero, desvinculado y  relajado, un criollismo que no ha dado los valores suficientes para darle al peruano la fuerza y la moral que se necesita para llevarlos al desarrollo.
“Hacerla a la criolla”  bien lo dice la Real Academia, significa actuar  con improvisación, sin orden, disciplina ni planificación, elementos  indispensables que llevaron al podio a esos atletas ganadores. Pensando como criollo y vistiendo como chalán nos conformamos  con la derrota y seguimos delirando envueltos en nuestros prejuicios sintiéndonos jinetes “superiores” sin darnos cuenta  que en la  realidad ante el mundo damos la imagen de que no le hemos ganamos a nadie.
Una vez más desechamos la oportunidad de recargarnos  con la energía de Machu Picchu, de la disciplina y el trabajo de  los Incas, de la fortaleza de Sacsayhuaman  o de la inmortalidad de Caral. En su lugar algún idiota perdedor eligió el otro camino, el mismo que nos llevará la cabalgata de ese chalan fracasado con su frivolidad, su racismo  y la apatía hacia un Perú milenario que sigue abandonado y visto con prejuicios estos casi doscientos años.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Donald Trump y el último cowboy

A diferencia de los holgazanes que llegaron aquí en sus carabelas y tuvieron la suerte de encontrar cálidas moradas, productivas tierras de cultivos y  mano de obra barata; la gente que desembarcó del Mayflower solo halló frío, fango inútil y ariscas hordas paleolíticas. Los estadounidenses con su esfuerzo construyeron ese país. La solidaridad y  la dignidad y,  también su coraje,  fueron sus mejores herramientas; pero, lo que parecía ser la historia perfecta, aquel capital que sirve de empuje  para hacer fuerte y respetable una sociedad,  hoy,  como  Roma hace dos mil años, pasa por una etapa de crisis. No se necesita ser un experto politólogo para darse cuenta de esto, solo basta  observar lo que muestran  los principales rotativos  internacionales. Es que aquí el asunto lo conocemos de cerca, cuando existe una falta de liderazgo o estamos en ciernes de un periodo en el que escasean las  ideas y  flaquean las instituciones, aparecen estas prácticas. Lo hizo alguna vez Perón y  el fenecido Kirchner y,  hasta Humala en su efímera “borrachera de poder” amenazó con hacer lo mismo. Es que muchos  gobernantes  del hemisferio cuando dejan el poder a sus consortes no tienen mejor forma de mostrar sus más prehistóricos caudillismos.  Esta práctica que parecía propia de  los latinoamericanos,  nos sorprende ver que algo parecido se esté produciendo en la tierra del Tío Sam  ahora que la candidata por el Partido Demócrata es la esposa del ex presidente Bill Clinton.  Pero bueno,  ese no es el tema, sino que para estas próximas elecciones presidenciales de la mayor potencia del planeta, un personaje ha puesto de vuelta y media a la política norteamericana, y  no es para menos, es que cada vez que abre la boca este frustrado galán de Hollywood y millonario exhibicionista, levanta enorme polvareda. 
La  prensa local boba,  como viejas locas y sin dejar su aburrida costumbre de imitar a otras,  han rebotado aquí las críticas que le hacen al  polémico Donald Trump, lo acusan de todo, pero lo  que más le  resaltan es su racismo y xenofobia en contra de los mejicanos y con ellos al resto de latinos. Ahí discrepamos mucho, porque solo necesito observar los programas de Televisa, sus 50 % de pobres y al hombre más rico del mundo, sus maquiladoras, su presidente y su primera dama, y sus distintos personajes populares como el conocido Chavo del Ocho,  para darnos cuenta que lo que llega de ese país no es nada grato ni recomendable  para aquella persona que busca un desarrollo digno para el ser humano. Seguro que para muchos esto les parecerá inaudito y hasta exagerado, pero solo basta ver a este personaje, nos referimos al Chavo del Ocho,  cuando  junto  a  su pandilla se burla de aquel profesor que quiere llevarles algo de educación, riéndose se mofan  insolentemente del maestro y guía, y hasta le ponen sobre nombres;  no existe algo tan grotescamente parecido entre los personajes populares británicos, franceses, chino ni  japoneses, porque, tal vez,  en esas poblaciones, se respeta la disciplina que impone ese maestro y guía, pero en México y el resto de  Latinoamérica,  tierras  de la anarquía y de los torpes y egoísta caudillos, se festeja cuando se hace burla de aquel que quiere  salvarlos de la ignorancia.                     
La brutalidad de Donald Trump, quizás es el reflejo de lo que siempre existió en la  sociedad norteamericana y producto del desarrollo de los medios de comunicación hoy sale a flote porque en estos tiempos es muy difícil de ocultar. Hace algunos años, unos analistas políticos hablaban sobre la falta de motivación dentro de la población estadounidense, ya no les inspira nada, lo tienen todo, lo han ganado todo, no existe rival para ellos y,  seguramente, esto lo refleja su actual coyuntura  que no está  para ver  a personajes con notorias virtudes como  Thomas Jefferson o un John F. Kennedy,  solo tenemos un menguado escaparate que muestra  a  un áspero y lenguaraz  Trump  y a la mujer de un ex presidente.