lunes, 28 de noviembre de 2016

Fidel Castro y el caudillo arribista

Ha muerto (sin desmerecer a Martí y Celia Cruz), el cubano más famoso que nunca siguió la carrera militar pero le gustaba llevar ese huachafo  atuendo verde, y aquí, haciendo un alto  a la fuga de Nadine Heredia,  han comenzado a dedicarle las palabras exactas que irán en su epígrafe. Todos meten la lengua sobre el antiguo aspirante a actor de Hollywood  y  sabiondos calculan sobre cuáles serán las repercusiones dentro y fuera  de la  isla.
De todas las opiniones, lamentos, agravios y  rasgados de vestiduras que aparecen por estos días,  el más ridículo ha sido  lo escrito en las redes sociales por Ollanta Humala, en el que hace constar que  insiste  con su falso libreto  de  conspicuo izquierdista y defensor de las causas populares, un apócrifo guión que también usó en su momento y lo acompañó  hasta sus últimos días Henry Pease.
Seguro que Humala sigue con esa cháchara comunista porque aún no se ha dado cuenta que el resto lo ve como el ex “felipillo” de Telefónica  y  principal culpable de que muchos peruanos no tengamos  internet en casa  por los altos costos de ese monopolizado servicio.
Es que existen dos tipos de políticos: los que persisten y luchan por unos ideales solidarios y los que claudican a resignarse a ser simples monigotes del billete y el poder; como ese pusilánime que embriagado gritaba: ¡Los héroes están muertos!
Para saber lo que fue Fidel Castro, solo tengo que contrastarlo con “El Che” Guevara. El rosarino en fiel cumplimiento de sus ideales –buenos o malos, según sea el caso-, perdía  la vida  al internarse  en esa insana  jungla tropical boliviana;  mientras tanto, Fidel Castro muere longevo,  rodeado de lujos y sus cientos de millones de dólares. El tío cerró sus ojos rico en un país arruinado  salvo los integrantes  de esa especie de  “casa real” cubana que conforma  los  Castro y  su corte.    
Es que, si son políticos de Izquierda,  derecha  o de centro, no interesa, lo que sí importa  es cuan honestos son en su discurso con sus ciudadanos; supuestamente luchan por ellos pero en la realidad  solo les interesa un huevo de pato.  Sean honestos,  si son una mierda díganlo, al final la honestidad es lo que pide la población, sino veamos cómo ganó Trump.
Es que estos caudillos farsantes son tan numerosos que faltaría papel para enumerarlos:  cantamañanas y palanganas;  mercachifles que se asumen defensores del pueblo; topos miserables y siniestros charlatanes;  egoístas de pura mierda; voraces  e  inútiles; analfabetos dementes;  supersticiosos y  torpes burócratas;  resentidos y corruptos dirigentes gremiales; fanáticos de la sangre y  al culto de la personalidad. Y que en la búsqueda de la riqueza, el poder y la frivolidad, inventan tiranías y gobiernos dinásticos  con la  excusa de  buscar la igualdad y la justicia para su pueblo. Desean tanto la decadencia de su antiguo amo que al final terminan siendo como él.  
Hoy, seguramente, saldrán a dar vivas por la lucha de clases, y con ese conocido discurso  al que nos tienen acostumbrados, pero todo es una farsa,  porque estamos en un campeonato de pendejos, a ver quiénes son los más farsantes  y  quien reúne la mayor cantidad de incautos.

En esta América Latina atrasada el término caudillo debe ser considerado una mala palabra porque desde el rio Bravo hasta Tierra del fuego los  caudillismos con sus diferentes matices ha sido la principal causante de nuestro subdesarrollo; por consiguiente,  debemos fortalecer nuestras instituciones democráticas para así poder librarnos de estos tiranos, y si  no se puede,  por lo menos controlarlo como está sucediendo ahora en los EEUU.

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