lunes, 30 de junio de 2014

Yohny Lescano Ancieta y el peruano enfermo

Me cuentan que entre algunos pobladores de los  Andes del sur peruano, existe la desdichada costumbre de avergonzarse  del  lugar donde abrieron los ojitos. Y esto,  por el simple hecho de que  aquellas tierras están  pobladas mayormente  por cholos. Quizás, no halla pueblo en el mundo  que posea semejante y ridículo retraimiento que les hace despreciar las  gentes, idiomas, olores, comidas y danzas  del lugar que los vio nacer. 
Después de ser molidos por los insultos de esos forasteros aparentemente “superiores” y sus imitadores nativos, estos seres se sienten  disminuidos de por vida  cargando sobre sus hombros un monumental complejo de inferioridad que incrementaran con el tiempo un Talón de Aquiles que generalizara por toda su población, despertándole  un  enorme temor  a que lo relacionen con esa tierra de indios que oculta como su peor abominación.  
Con sus genes o en sus rasgos faciales de  notoria carga aborigen, dolidos  y menoscabados  tercos se negaran miles de veces desconociendo  su verdadero valor odiando  sus orígenes, su piel, su rostro y hasta a sus descendientes si estos llegaran a poseer  rasgos que los familiarice con ese pasado étnico que pretenden burdamente ocultar. Se mirarán al espejo comparándose con toda esa avalancha  publicitaria occidental  y maldecirán su supuesto poco atractivo convirtiéndose  en  endémicos crónicos  esperanzados con  aquel  milagro que pueda quitarles  esa sensación de hombre elefante. 
Esta gente verdaderamente degradada por  propia iniciativa, con el tiempo puede  que lleguen a ser destacados  profesionales, quizás obtendrán  doctorados y seguro hasta amasarán grandes fortunas, pero, estos  aparentes triunfos, nunca llenaran a plenitud su gozo porque en la privacidad de sus cuatro paredes continuarán siendo pusilánimes encerrados en el infierno de los idiotas que viven despreciándose permanentemente. Inservibles de por vida que nunca fortalecerán una familia ni mucho menos una sociedad. Buena parte de estos desdichados,  antes que los identifiquen, intentarán pasar desapercibidos, para esto, crearán sus propias murallas: choleando a diestra y siniestra. 
Pero,  aquí no acaba la tragedia para estos afectados  de inferioridad,  porque, los más perseverantes, defraudados y desesperados buscarán en otras latitudes él o la  donante  que pueda mejorar su degenerada “raza”. Aquel caritativo o aquella compasiva,  deberá de  conmoverse lo suficiente como  para que pueda  soportar  su terrible personalidad de  “hombre o mujer elefante”. Una vez que encontraron  a estos compasivos blancos que aceptaron su “cruce” dadivoso,   regresaran al país  y a su vecindario,  y erraran “sacando pecho”, porque supuestamente hallaron  el antídoto para ese mal nacional que les aquejaba.
Pero, estos insulsos creen que con esto,  su ridícula  novela tendrá un final feliz,  pero, se engañan, porque solo es el inicio de una  genealogía perdedora, endeble y vacía  que infestara  el territorio peruano con su prole apátrida y desvinculada con su historia y milenario patrimonio cultural. Se multiplicaran formando  poblaciones acomplejadas y con la autoestima de subsuelo.  Gentes  patéticas. Algunos detentarán   cargos  importantes,  colaborando con un  ladrillo en ese enorme muro  que siempre  obstaculiza  el deseo de  que algún día esta  sociedad  sea más sana  y fuerte.
Ese es el triste final del liliputiense nacional.
Pero bueno. Cambiando de tema y apropósito de la iniciativa que tuvo un  parlamentario para hacer que el quechua y el aimara sean enseñados en las universidades peruanas. Ante esa idea se levantó una enorme resistencia de parte de algunos. Pero, el que más nos llamó la atención  fue la férrea oposición que hizo el congresista   puneño Yohny Lescano  Ancieta. 
“Nadie está obligado a hablar un idioma que no quiere hablar, si no es su idioma natal o natural” “El mundo está en otro camino” afirmaba el parlamentario. 
Yo me pregunto: ¿En qué país vivimos? Estamos en Uruguay  en Argentina o  en uno poblado mayormente por  etnias amerindias y mestizas. Y  con esta realidad,  no sería justo   que esas poblaciones por una cuestión democrática y de sana identidad  conozcan aquellos  idiomas  que  hablaban  sus  padres o abuelos,  es más,  hasta al mismo parlamentario, por haber nacido en tierras aimaras seguro que les servirá de mucho recordar aquellos sonidos que escuchaba de niño.
Oponerse a tan importante iniciativa es tan descabellado como impedirle a los vascos conocer el eusquera o al irlandés el gaélico.    

La globalización es intercambio de culturas y no lo que algunos pensamientos  liliputienses  creen, que es la sobre posición de una sobre las otras. Además,  que hay de malo en querer equiparar al estudiante universitario  peruano con su par  europeo promedio que habla y escribe al menos cuatro  idiomas distintos.  

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