martes, 3 de diciembre de 2013

El papa y la camioneta del arzobispo

No sé si esto ocurría en el pasado. Seguro que sí. Es que antes no le prestaba tanta atención.  Porque ahora,  por más que lo intento,  me resulta imposible no darle importancia. 
Como es costumbre,  últimamente sale en las noticias detalles de las actividades del  nuevo pontífice. Las primeras planas de los diarios y las imágenes de los noticieros hablan de lo mismo: que el papa Francisco I,  dijo esto o hizo lo otro. Como queriéndole dar  un tono distinto a su mensaje. Unas veces  convenciendo a los feligreses que su iglesia está cambiando esa conocida estampa distante  e intolerante y otras hablando de una supuesta austeridad.   
Pero soy aséptico. El mundo ha avanzado tanto y de tal forma que a estas alturas no bastan los discursos y las poses o como el déspota Odría rotulaba: “hechos y no palabras”.
El otro día,  mientras manejaba por una de esas estrechas callejuelas de la ciudad de Arequipa. Como siempre, el astro rey dilatándolo todo. Al doblar la esquina me encontré con  una calle –sorpresivamente- poco transitada. Lentamente y a la defensiva avanzaba mirando  a mis costados. A mi izquierda estaban un par de  gringas casi calatas.  Mientras caminaban risueñas el viento levantaba su diminuta faldita  regalándonos  unas poderosas  piernas,  algo moreteadas acaso por el agotador trajín.  A mi diestra, un poco más adelante,  una mujer desdichada conversaba con malicia con un tipo de  inconfundible gesto mañoso  y  ruin. Sin lugar a dudas, era un abogado.
Cuando ya estaba finalizando el  trayecto por esa vía. Diviso  que una enorme y lujosa camioneta me interrumpía el paso. 
Como era lógico,  miré  si el dueño  de semejante movilidad estaba por ahí cerca.  Uno nunca sabe.  Podría ser alguna estrella de cine  o  acaso sería algún acaudalado empresario de paso por la ciudad.  En tanto maniobraba por el estrecho espacio que el enorme y lujoso vehículo me había dejado, continuaba observando haber si aparecía el aludido.  De pronto, como a pedir de boca. Se abrió la puerta de aquella casona de sillar frente al  que estaba estacionado el vehículo y salió sigiloso un señor de mediana estatura y traje oscuro llevando un maletín en la mano. Discretamente y después de mirar a ambos lados de la calle, raudo se lanzó dentro de la camioneta de cristales polarizados.  ¡A caramba!  Esto se pone  interesante, me dije. Y disminuí mucho más la velocidad. Era nada más y nada menos que el conocido  arzobispo de Arequipa, Javier del rio Alba.
Mientras me alejaba lentamente de aquella escena,  pensaba: ¿Qué ironías? ¿Qué podemos decir ante semejante realidad?  ¿Cómo negarlo? Porque las acciones y palabras del nuevo pontífice como el mejor discurso político  todo se vuelve una apócrifa  perorata  y  un aburrido sermón cínico cuando nos enfrentamos  con una realidad  totalmente distinta. Hoy si algo abunda dentro de  la iglesia católica peruana, y arequipeña particularmente, es la riqueza. Es que ese  mensaje de austeridad que quiere dar el papa se diluye al ver  cuán ricos son sus miembros y en que abundancia viven.

Y no lo digo de mala leche. Porque los lujos  a mí,  honestamente, no me quitan el sueño. Ni mucho menos me mueve la envidia de los que lo poseen. Es que más que todo ese peculio, valoro  las cosas simples de la vida. Lo suficiente: una sonrisa sincera,  la familia y  los gratos momentos que paso con ellos.  Esa definitivamente es mi mayor riqueza junto con la  tranquilidad de saber que la adicción a lo metálico y sus vicios lo dejo para otros. Yo paso.

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