domingo, 17 de marzo de 2013

Francisco I y la decadencia católica

Solo tenía unos días de nacido y los médicos de aquel hospital ya me habían desahuciado. Como era de esperarse, ante esa situación, no faltó el consejo de algún galeno católico -que en este país son en mayoría-, para sugerir mi inmediato bautizo, asi, de esta manera, una vez muerto, el inocente angelito iría directito al cielo.
Según cuentan, apenas recibí las primeras salpicadas del agua bendita, fue tanto mi rechazo, que comencé a gritar y a sacudirme de tal forma que parecía que el pequeño cuerpecito prefería mil veces arrojarse al vacio antes que recibir las primeras gotas de ese arbitrario sacramento.
Ese fue mi primer encuentro con la iglesia católica, enfermo, vulnerable, ignorante, ciego y sordo, al ser más desamparado del planeta lo habían bautizado. Pero ese instinto de sobrevivencia que poseemos los seres vivos hizo que entre pataleos y llantos ponga en claro mi protesta ante semejante atropello.
Así es como el latinoamericano promedio ingresa a formar parte de esos 400 millones de católicos, según dicen las estadísticas. Al inocente y puro neonato mexicano, argentino, brasileño o peruano, nunca le preguntaron si quería formar parte de todo este embrollo, porque como en los peores y más injustos ritos animistas es forzado aprovechando su estado de inconsciencia.

La educación del europeo occidental caracterizado por darle al futuro ciudadano capacidad de discernimiento, un criterio suficiente como para separar la paja del trigo, la fabula de lo certero, la institución de las personas, la corrupción y mentiras de los valores humanos y la democracia. Esa formación ha hecho del ingles, francés u holandés diferenciar la imposición irracional y la intolerancia del respeto de los derechos fundamentales de la persona. Este ciudadano formado con esta educación democrática, cuando representa a la mitad de la población de sus respectivos países trae como consecuencia que la iglesia católica pierda influencia en todo ese hemisferio. La censura y el abuso al que estuvieron sujetos por siglos, ahora es imposible que se pueda dar.

La iglesia católica como toda multinacional, en algún momento, tiene que atravesar por dificultades, puede ocurrir con Coca cola, Toyota o cualquier otra. Porque su principal producto pierde calidad y competitividad, y es lo que está pasando con su principal mercancía, que es su doctrina. Ese evangelio para estas épocas se ha vuelto cada vez más obsoleto, irreal y anacrónico, llegando a colisionar –inclusive- con los mismos derechos fundamentales de la persona. En un mundo, tan cambiante como el nuestro,  la iglesia católica se ha estancado en el medioevo y sus dirigentes embriagados con el poder del dinero  les ha cegado como a cualquier ser humano. El envilecimiento originado por el despotismo en los manejos de esa extraordinaria concentración de riqueza y de dinero ha penetrado en todo su organigrama haciendo que cada día se vuelvan más obtusos a los cambios y reacios a cualquier apertura, provocando la pérdida de credibilidad en la sociedad y el descenso de gran número de adeptos en Europa y en los Estados Unidos.

Pero, en realidad, los que actualmente dirigen la iglesia católica nos les interesa perder adeptos en Europa o Estados Unidos, porque, con los que cuenta y los recursos amasados -ya que son una de las tres instituciones más ricas del planeta-, son  suficientes motivos  como para que no les interese hacer algún cambio. Son por estas razones que nombran a un argentino como nuevo Sumo Pontífice, con él y su ortodoxia e intransigencia estamos seguros que el número de católicos seguirá disminuyendo, pero, esta vez, en América latina.

En su primer discurso el nuevo pontífice habló del continente de la esperanza y una iglesia para los pobres, es muy cierto eso, ya que su obsoleta e intolerante doctrina en esta Latinoamérica campeona de la inequidad y pobreza, tiene un enorme e inacabable mercado. La educación paupérrima que se brinda en le Perú y en la mayoría de los países latinoamericanos hace que al pobre le sea imposible cambiar su presente y su futuro, y no solo de él, sino, también de buena parte de su población. Estos pueblos y sus élites que no leen y no amplían su conocimiento seguirán sumidos en el desorden la desesperación y la vulnerabilidad que les provoca las supersticiones los estereotipos y los prejuicios. Situación de fragilidad del ser humano que será aprovechada por el catolicismo para apresarlos con sus mentiras y su manipulación.

Pero, esta supuesta condena del latinoamericano, quizás en el siglo XX se podía mantener, cosa que ahora en esta era de las comunicaciones lo dudamos, porque hasta el más descerebrado e idiota twitero, dentro de sus devaneos en las redes sociales, leerá algo acerca de lo dañino que son las religiones y seguro su cerebro sabrá analizarlo, indagará mas e intentara –quizás- aplicarlo en su vida, si es que aun mantiene esa capacidad tan humana de evolucionar en pensamiento y conocimientos.

Saludamos la elección del nuevo pontífice, asi como del nuevo funcionario de Cocacola o Toyota. Estas dos últimas seguirán liderando el mercado, pero la primera, si sus dirigentes se obstinan en la soberbia del poder, ese retroceso seguirá, claro que ya sabemos que en el fondo les importa un huevo de pato, ya que con la extraordinaria concentración de riqueza y dinero que ahora poseen, les son suficientes.

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