viernes, 21 de octubre de 2011

La procesión del Señor de los Milagros. Morado agobio

Es hora punta y la dilatada ciudad se encuentra congestionada por el tráfico de toda esa chatarra circulando a diestra y siniestra por sus calles, además de estrechas, sembrados de cráteres de todos los tamaños. Herencia dejada por unas miopes e ignorantes autoridades que pensaron que este pueblito nunca iba a crecer y convertirse en este insalubre conjunto de guetos y arrabales en el que se ha convertido este muladar.
Pero hoy este infernal atolladero se ha prolongado más de lo normal. El motivo, una de esas conocidas procesiones que por este mes de octubre, aparecen de imprevisto y sin que nadie los haya invocado. Brotan con las mismas formas perversas de llamar la atención como lo haría cualquier otro extremista grupo de escandalosos manifestantes. Pero estos son peores, porque se exhiben inmisericordes con toda esa bulliciosa e insoportable música de cortejo fúnebre, acompañados por sus infaltables píos devotos que -a decir verdad- son pocos, pero son lo suficientemente alborotadores y se manejan con tal impunidad que logran detener el tránsito de cualquier principal arteria de esta ciudad y de paso decirnos arrogantemente: "oye pecador miserable escúchame y ora".
Qué interesa que profeses otras creencias o por último, ninguna. Por la puta que te parió, tienes que tragarte toda esa toxina de incienso y joderte los tímpanos con sus insensibles detonaciones de estos piromaniacos sociales, acompañando a unas de las más cojudas manifestaciones de idolatría en el mundo.
Los rostros de los personajes vestidos de morado que acompañan a estas conocidas manifestaciones, varían en gesto y en actitud. Los hay desde los que tienen el careto de un cachudo nerd oficinista hasta aquel viejecito queriendo parchar las perradas del pasado, buscando con persignaciones y alabanzas esa lotería de un cielo que él está seguro que cuando le vengan a tomar por saco, disfrutará de ese paraíso eterno.
Lo resaltante –también- en estas moradas procesiones, son la gran cantidad de personas representantes de la tercera edad, y los jóvenes –si los hay- son aquellos tímidos junto con los “pendejitos” aprovechando estos agrupamientos para ligar alguna que otra jovencita. Y también no faltan los cacos, mezclados entre los devotos, llegando a utilizar –inclusive- hasta los mismos atuendos morados. Estos, esperan sigilosamente el rezo cándido de su próxima víctima, para así, hacerse de la billetera o de cualquier otra cosa que el cándido soplapollas tenga de valor. Claro está, que el ladronzuelo no invocará al Cristo de Pachacamilla para que todo le salga bien, si no, se encomendará a su conocida Sarita Colonia, porque, hasta estos hijos de puta tienen sus propios santos.
Ahora que el demócrata expresidente, que algunas veces ha tenido las reacciones del más tirano de los genocidas de Darfur, nos ha nombrado a los peruanos por decreto supremo, obligados devotos del Cristo morado. Solo nos queda aceptar este martirio con la misma tozudez como cuando nos soplamos todo ese griterío y la indolencia de esos huelguistas que diariamente nos topamos por las calles.
Todavía nos quedan algunos días de este decimo mes del año y en lo que respecta a este martirio que se repite por todos los rincones de esta querida comarca, seguiremos viendo impotentes toda esta muestra de que vivimos en el lugar menos indicado, con un tipo de ser humano que –provocado quizás por su “educación” - nunca entenderá de racionalidad ni libre pensamiento.
A pesar, de la era del conocimiento y que además se ha logrado descifrar el mapa genético humano, así como, se ha creado la primera célula artificial y se ha descubierto, que los que gobiernan el Vaticano son tan buenos humanos y delicados seres como los son Alan García o George W. Bush. Toda esta gente continuarán empeñosos con sus tumultuosas procesiones moradas, esas salvajes y ensordecedoras detonaciones y sus cada vez, menos devotos, que con tan característica devoción y atuendo morado nos recuerdan a esos pueblos estancados en el tiempo y que se niegan a abandonar el deplorable estado en el que se encuentran.

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