sábado, 18 de noviembre de 2017

Olenka

El trabajo asfixiante y absurdo continuaba, acompañado -como no- por esos rostros homogéneos que ayudaban en mucho para aumentar ese insufrible fastidio.
Pero, apareció ella la brisa perfecta, fresca, Joven, delgada y de aspecto universitario. El oscuro pelo lacio le cubría medio rostro, regalándonos piadosamente unos ojos pardos impresionantes, fiel reflejo de una natural belleza que hacia maridaje perfecto con su sonrisa únicas culpables de que en ese momento el pecho anudado estuviera a punto de estallarme.
Mi respiración aumenta cuando hablo de ella, me ajito, es que, es hermosa y precisa. Es ese frustrado deseo que de vez en cuando me paralizaba, el sillar insuperablemente perfecto para ser moldeado, el vino joven con la añada precisa para ser catado. No se debía esperar más, tenía que ser mía para siempre.
Los días fueron transcurriendo y el poco tiempo que me dio la providencia se iba extinguiendo de manera inmisericorde. Entre artificios y bromas, testarudo tanteaba sutilmente su tolerancia a mis -a veces- atrevidos cortejos. Cada paso dado para tenerla estaba milimétricamente calculado, no podía fallar, -es que no siempre se tiene la oportunidad de estar tan cerca de semejante bocadillo-.
Y así  fue  cómo aquel flirteo mañosamente camuflado en conversaciones y sonrisas intrascendentes parecía que por fin estaba dando sus frutos. Pero, ¡Maldición! No conseguía hallarla sola. Solo necesitaba unos segundos con ella, hasta que al fin sucedió.
Ella estaba ahí, toditita para mí. El pecho nuevamente sentía que me iba a estallar. La llamé con un gesto y mirándome se cruzó de brazos apoyándose en la pared. Sin esperar respuesta alguna, sonriendo, de un jalón la traje hacia mí. La sujeté de sus brazos mientras sentía la suavidad de sus frágiles extremidades. Su mirada sorprendida, mostraban a una fierecilla domada y sometida a merced de su nuevo y esta vez diestro amo, -cuantos rostros parecidos se entremezclaban cadenciosos con esa grata imagen-. Qué frágil se la veía sujeta a mí y mi mano acariciando su mejilla y preparándome el terreno para que pudiera probar esos deliciosos labios. Me gusta demasiado y ni siquiera la conspiración de todas las fuerzas de la naturaleza podrían en ese momento apartarme de ella.
El lugar de pronto se torna “peligroso”, unas sombras se van acercando cada vez más, ya queda poco tiempo y los segundos se van acabando, no, ella sigue aquí conmigo dispuesta, pero ya  es tarde, escucho sus voces y la libero. Agitado y con el rostro desencajado, pero con una sonrisa imborrable, pongo cara de cojudo y que aquí no pasó nada. La pierdo de nuevo entre toda esa gente impertinente que se la llevan. Y dentro de mí –a pesar de mi positivismo- sé que es la última oportunidad. Nunca más la tendría cerca. El cielo no existe ni siquiera en vida.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Las cartas de Camus a su amante

Él la llama "Mon amour chéri", ella le responde "Mon cher amour". La correspondencia amorosa entre el escritor Albert Camus y la legendaria actriz franco-española María Casares, publicada esta semana en Francia, arde de pasión.
"Sus cartas hacen que el mundo sea más vasto, el espacio más luminoso, el aire más ligero, simplemente porque existieron", escribe Catherine Camus, hija del premio Nobel de Literatura, que promovió la publicación de estas 865 misivas inéditas que publica esta semana Gallimard.
María Casares y Albert Camus se conocieron en París el 6 de junio de 1944, día del desembarco aliado en Normandía de la Segunda Guerra Mundial. Ella tenía 21 años y él 30 y estaba casado con Francine Faure, madre de los gemelos Catherine y Jean.
Cuando ambos amantes se conocen, Francine se halla en Argelia. Regresa a París en septiembre y María, destrozada, rompe con Camus. El autor de "El extranjero" está desconsolado. "Mire hacia donde mire, solo percibo la noche (...) sin ti ya no tengo mi fuerza. Creo que tengo ganas de morir", le escribe Camus.
La separación durará cuatro años. Pero, el 6 de junio de 1948, Camus y Casares se cruzan por azar en una calle de París. No volverán a romper.
Sus intercambios epistolares son casi diarios. Hablan de su trabajo (Casares se halla a menudo de gira en Francia y el extranjero), se ponen al día con los chismes, pero ante todo se impone su pasión amorosa.
Camus escribe a su "pequeña gaviota", su "trucha negra", su "sabrosa". Las cartas son ardientes. "Estoy impaciente. Imagino el momento en que cerraremos la puerta de tu habitación", escribe Camus. "Estoy que ardo, por dentro, por fuera. Todo arde, alma, cuerpo, encima, debajo, corazón, carne (...) ¿Lo has entendido? ¿Bien entendido?", escribe Casares.
"Esta correspondencia, ininterrumpida durante 12 años, muestra el carácter irresistible de su amor", escribe Catherine Camus en el prólogo de este libro de más de 1.300 páginas.
Su amor es fusional. Mientras María triunfa como actriz en Argentina, en octubre de 1957, Casares escribe "las palabras de agradecimiento que tuve que pronunciar, las pronuncié pensando en ti". Una semana más tarde, Camus fue coronado con el Nobel de Literatura. Él le envió un telegrama: "Nunca te había echado tanto de menos".
La última carta de Camus a su gran amor está fechada del 30 de diciembre de 1959.
"Última carta", escribe el escritor de forma premonitoria. Instalado en su casa del sureste francés desde noviembre de ese año, anuncia a su amante que finalmente regresará "por carretera" a París el 4 de enero.
"Hasta pronto, mi preciosa. Estoy tan contento con la idea de volverte a ver, que me río mientras te escribo (...) Te mando besos, te abrazo contra mí hasta el martes, cuando volveré a hacerlo".
Camus no llegó nunca a París. Murió en un accidente de auto en su camino hacia la capital.

María Casares falleció en 1996, a los 74 años.
Fuente: AFP

sábado, 11 de noviembre de 2017

El síndrome del tercermundismo

El 19 de noviembre los chilenos acudirán a las urnas. Si ningún candidato obtiene más del 50% de los sufragios, los dos más favorecidos (de un total de ocho) volverán a aspirar el 17 de diciembre. Según todas las encuestas, Sebastián Piñera, cabeza de la centroderecha, será nuevamente el jefe del Estado chileno en la primera o en la segunda vuelta. Ya lo fue, exitosamente, entre el 2010 y el 2014. Lo sustituyó, sin gloria, Michelle Bachelet, que sale de la presidencia con el aproximado rechazo del 70% de los chilenos y el aprecio del 30 restante.
 Hasta ese punto no hay nada sorprendente, salvo la historia de la evolución económica y social de Chile y el miedo al éxito de una parte sustancial de la población de ese país. Es lo que llamo “el síndrome del tercermundismo”. Son ese conjunto de síntomas, basados en supersticiones ideológicas, que impiden que ese país (como sucede con toda América Latina) finalmente se transforme en una nación del Primer Mundo.
 Hasta 1970 Chile fue una nación en la que convivían la democracia con la injerencia constante del Estado. Era un país libre, pero gris, sometido a una serie de controles que ahogaban la creatividad de sus emprendedores. Ese año fue electo Salvador Allende con un tercio de la votación, pero quiso emprender una revolución social inspirada en el ejemplo cubano, curso que contradecía sus promesas de campaña y el documento que tuvo que firmar con el Parlamento para acceder a la presidencia.
 El experimento se saldó en 1973 con una grave crisis económica, inflación, desabastecimiento, atropellos judiciales y, finalmente, el golpe militar de Augusto Pinochet.
Los 17 años de Pinochet fueron duros. Hubo unos tres mil asesinatos y miles de chilenos marcharon al exilio para escapar de las cárceles y la tortura. La Democracia Cristiana, que en un principio apoyó el golpe, muy pronto se opuso a los militares. Sin embargo, como Pinochet tenía una idea muy borrosa de la economía, contra el consejo de algunos militares estatistas (como casi todos), les entregó esas actividades misteriosas a unos jóvenes académicos que se habían formado en Chicago bajo el magisterio de Milton Friedman, o en Harvard, donde tampoco eran ajenos a la influencia intelectual de los defensores del mercado y de la versión moderna del laissez faire. En ese punto comenzó la leyenda de los Chicago boys.
 La reforma de la economía tuvo éxito. Al principio, naturalmente, hubo tropiezos, pero en 1990, cuando los chilenos retoman la democracia como método de gobierno, el país estaba encaminado en la dirección correcta. Chile crecía espectacularmente, y la oposición, ya instalada en la Casa de la Moneda, tuvo el buen juicio de no cambiar lo que funcionaba estupendamente: el modelo económico. No regresó al Chile preallendista, sino inauguró la etapa pospinochetista sobre las bases sólidas que les habían dejado los Chicago boys, hasta que la señora Bachelet, en su segundo periodo, comenzó a involucionar hacia el pasado.
 La gran contradicción es que muchos de los que rechazan a Piñera lo hacen por las malas razones. Siguen creyendo en la Teoría de la Dependencia –esa idiota manía de culpar a las naciones desarrolladas de la pobreza del Tercer Mundo–, sin preguntarse quiénes han tratado de impedir a los cuatro dragones asiáticos dar el salto a la prosperidad. O sin estudiar cómo Israel comenzó exportando naranjas y hoy exporta aviones, medicinas y software. Incluso el caso de Irlanda, ahora un país bastante más rico que el Reino Unido del cual se separó.
 Chile está a punto de entrar en el Primer Mundo. Excede los 24,000 dólares per cápita de PIB medido en paridad de poder adquisitivo, sólo tiene un 6.5% de desempleo, y existe una gran movilidad social en un país que hoy está sustancialmente habitado por clases medias. Si mantiene el gasto público bajo, se aparta del capitalismo de amiguetes (crony capitalism), erradica la poca corrupción que existe, sostiene un sistema competitivo que aumente la productividad, y es capaz de alentar a los emprendedores e innovadores, será la primera nación de América Latina que logre derrotar el subdesarrollo, algo que pudiera anunciarse en los próximos cuatro años.
 Para el resto de América Latina es muy importante que exista esta excepción. Será la señal de que no hay nada en nuestro ADN que impida que los latinoamericanos prosperen, abandonen los vagones pobres y mediocres de la civilización y se incorporen a la locomotora del planeta. Pero para ello es menester que Chile triunfe claramente. Cuando eso suceda, nadie tendrá el derecho de convocar a revoluciones absurdas y sangrientas, como sucede en la Venezuela del chavismo o en la Cuba irreductiblemente estalinista de Raúl Castro. El camino es otro: el del mercado, la competencia y la libertad. El que Chile emprendió hace varias décadas.

POR CARLOS ALBERTO MONTANER